Para descubrir lo que somos realmente, se debe reflexionar muy a fondo, ir hacia nuestro interior más profundo, recién allí se ve cuan difícil es el descubrimiento de la individualidad. Teniendo en cuenta que la misma es la asimilación del inconsciente y ello ha de traer aparejado ciertos conflictos por el hecho de tener que encontrarse con lo que UNO ES .
Es ante este reconocimiento cuando pueden llegar a surgir interrogantes, miedos, negación a la asimilación de nuestras partes oscuras, o bien comenzar a buscar al culpable afuera, huyendo de esa manera de encontrar el problema en nosotros mismos. Con lo cual podemos llegar así, a acumular en nuestro inconsciente una energía que no dejamos salir porque la escondemos, sin tener presente que en algún momento, tarde o temprano la misma explotará, con miedos, dolores internos (del alma) y luego hasta externos (físicos) de diferentes tipos.
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Es en este punto cuando no debemos dudar en pedir “ayuda” y es en este acompañamiento cuando poco a poco y paso a paso se irá descubriendo y así resolviendo aquello que aqueja a nuestra alma.
Es muy importante comenzar a reconocernos a nosotros mismos, saber quiénes somos, de dónde venimos, para qué estamos aquí y ahora, y así vivir cada día como el último y a su vez trabajar con nosotros mismos como si quedaran cien años más.
Este camino nos enseña que toda experiencia vivida, aunque la consideremos injusta, o de sufrimiento, tiene su razón de ser, nos deja algo para aprender y que la pregunta correcta que deberemos hacer es ¿para qué? y no ¿por qué?
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A finales del siglo XX y ahora inicios del XXI, las llamadas terapias alternativas comenzaron a ocupar un lugar importante entre los que habitamos este planeta. Poco a poco, paso a paso, los más escépticos y hasta los más férreos defensores de todo lo científico, empezaron a interiorizarse en estos múltiples caminos “alternativos”. En muchos de estos casos, se trata de volver a los ancestros, a lo tradicional, a la sabiduría indígena, a lo netamente natural, a todo aquello que “antes”, y por mucho tiempo olvidado, fue la tradición de una sapiencia transmitida de boca en boca, de generación en generación, como el conocimiento y uso de plantas medicinales, el saber enfrentar las dolencias, volver a la fe, a las creencias y hasta aprender a no temerle a la muerte, sino a tomarla como un paso hacia el Creador, (sea cual fuere su nombre, de acuerdo a cada creencia), pero fundamentalmente se comienza a tener muy en cuenta, dándole verdadera importancia a la parte espiritual de cada ser humano.
Pues bien, dentro de este contexto, “transpersonal” tiene que ver con el llegar a las heridas que sufre justamente el espíritu,
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nuestra alma, jamás dejando de lado lo científico, ni lo médico, pero teniendo en cuenta que “el alma” es etérea, no se toca, no se ve, sí se siente y es en ese sentir donde el consultor transpersonal puede ayudar, sin que sea una invasión, sino un acompañamiento, es un caminar de a dos para entender, aceptar, ver con mayor claridad y así cerrar los dolores del espíritu. Es tomarnos de la mano de quien nos la extiende, y así aprender a levantarnos de un letargo de cansancio, sin dolor, de un no querernos o no aceptarnos, para poder vernos sin temores, saber perdonarnos, comprender que somos falibles, pero también y sobre todo queribles. Porque si aprendemos a conocernos, nos resultará más sencillo nuestro tránsito por la vida.
Transpersonal, como lo interpretó Stanislav Grof es “la expansión de la conciencia más allá de los límites del tiempo y del espacio”.
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